Se
estaba asfixiando.
El
aire no llegaba a sus pulmones, luchaba por respirar, en aquella fría
sala de hospital que tantas situaciones similares había visto, que
ya no se inmutaba por la tragedia humana, como tampoco se inmutaban
los médicos y enfermeras que hacían su trabajo, mirando el reloj de
la pared, pensando que aquello estaba tardando mucho y que se les
pasaba la hora del almuerzo.
-
Las 14.30 horas -escuchó en algún momento.
¿Qué
era aquello, la hora de su muerte?
Algo
se introdujo de súbito en su boca, en su garganta, y por fin un
soplo de oxígeno llegó hasta sus pulmones, abriéndolos de golpe y
haciéndole llorar de alivio, mientras volvía a escuchar la voz de
antes.
-
Varón, tres kilos y medio.
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