La ternura
de un bebé, al que tienes que cuidar, alimentar y mimar, y que te
recompensa con esa mirada de adoración, de suponerte superior a
cualquier ser humano, por ser el que cubre todas sus necesidades.
El cariño
de un hermano, con el que juegas y compartes travesuras, que te
quiere sin plantearte que pueda ser de otra forma.
La
complicidad de un amigo, al que eliges y te elige, porque los dos os
ofrecéis algo que otros no tienen, porque juntos camináis por la
vida, porque sois recíprocamente únicos en el mundo.
El deseo de
un amante, de estar junto a ti todo el tiempo, de sentarse a tu lado,
de tumbarse a tu lado, de pasar juntos todo el tiempo que sea
posible, de correr con anhelo a la puerta antes de que tú la abras.
El
tranquilo amor de un padre, que desea ayudarte en todo lo posible,
que necesita tu ayuda, tu amor, tus cuidados, que vuelve a mirarte
con esa adoración infantil, porque, como a un niño, tú cubres
todas sus necesidades, y él ahora lo comprende, lo acepta, y te
corresponde con una sonrisa de innegable gratitud, de incondicional
amor.
Para sentir
todo eso, es necesario encontrar cinco personas que, con suerte,
puedan dar y recibir todo ese cariño, o, más fácilmente, puedes
tener un perro.


