El
camino subía, subía y subía, pero yo no, dejé que siguiera
subiendo y me dí media vuelta, hacia mi casa. Eché un vistazo al
sótano, cuya escalera bajaba, bajaba y bajaba, pero yo no, no tenía
ganas de bajar y dejé que ella, la escalera, bajase sola. Como me
dolían los zapatos, decidí darles una aspirina y dejarles
descansar, a ver si al día siguiente estaban mejor, mientras yo, por
mi parte, me dedicaba a comerme aquel enorme pastel de nata, lleno de
colesterol, pobrecito, y un buen pedazo de chocolate, de ese que
engorda tanto, disfrutando de la ventaja de no ser yo la que
engordase, aunque la ropa se quede estrecha.
El enemigo del escritor no es la piratería: es el anonimato (Tim O´reilly).
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