martes, 3 de julio de 2012

EN UN LUGAR DE LA MANCHA


En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor... no quiero acordarme, pero no consigo olvidarlo, la triste figura triple de perro, caballo y hombre, caminando cansinamente por la carretera, aparece una y otra vez en mis noches de insomnio.
Cuando los vi a lo lejos, lo primero que se me ocurrió fue que se trataba de la muerte, ni más ni menos, ¿qué otra cosa podía ser aquella trinidad esquelética que avanzaba hacia mí? El sol me daba en la cara, y apenas distinguía rasgos distintivos, pero no disminuí la marcha, puede que, por el contrario, incluso apretase un poco más el acelerador, intentando llegar lo antes posible ante aquella macabra aparición, y sobrepasarla.
El aire parecía enfriarse a medida que me aproximaba al famélico grupo, y el sol comenzó a enturbiarse entre nubes de aparición repentina.
El grupo se atravesó en la carretera, cerrándome el paso, mientras el caballero apuntaba hacia mi su lanza, y las únicas opciones que me quedaban eran detenerme, o acelerar todavía más y arrasar con ellos, y aunque lo último era lo que me pedía mi propio miedo, mi pie tomó su propia decisión y detuvo el automóvil a escasos dos metros del agresor.
- ¡Alto ahí! -me increpó, con una voz potente que desmentía su aparente debilidad- ¿Quién osa atravesar estos páramos?
Sería gracioso si no fuera tan trágico.
El perro, o más bien su casi desnuda osamenta, ladraba acompañando las palabras de su amo, y solo el caballo permanecía quieto, con la cabeza gacha, buscando inútilmente entre el asfalto alguna brizna de hierba
Yo me quedé callada, buscando una salida por donde escapar de tan absurda encerrona.
- ¡Habla ya, o probarás mi lanza!
Yo no podía decir nada, sentía la boca seca como el esparto, y el pie me seguía temblando en el pedal, vacilando entre uno y otro, haciendo rugir el motor del coche al acelerar mientras pisaba también el embrague.
- ¡Tú lo has querido!
Mis atónitos ojos contemplaron la formación del grupo de ataque: el caballero azuzaba al caballo para que embistiese, mientras apuntaba con la lanza en mi dirección, y el flaco galgo trotaba desaliñadamente al lado de su compañero.
¿Me iba a despertar de un extraño sueño?
¿Aparecerían por la carretera los sanitarios de algún manicomio, buscando al paciente huido?
Nada de eso, seguía despierta, y pude notar el golpe de la lanza contra el coche, un golpe flojo, dado sin duda con todas las fuerzas del caballero, que ahora no desmentía su endeblez, y acompañado de los arañazos del galgo al ponerse de patas, intentando llegar hasta mi, no sé si para morderme o para mendigar un trozo de pan que echarse a los dientes.
El caballo estuvo a punto de caer, y desde mi metálico encierro podía ver cómo le temblaban las patas, haciendo oscilar a su jinete en un basculante baile que los mantuvo durante varios segundos en el límite entre la vertical y la horizontal, hasta que se recompusieron y me miraron como si no comprendiese que todavía estuviese allí.
- ¿Qué es esto?
Se aprestaba a repetir el ataque, y pensé que, por muy flojo que fuera, tampoco la chapa del coche aguantaría demasiados embistes, por lo que levanté el pie del embrague y el automóvil saltó con más agilidad que el equino, y de forma tan brusca que no conseguía hacerme con él. Di un volantazo para esquivar al desnutrido can, que emitió un alarido espantado, pero no pude evitar al caballero que de nuevo se volcaba contra mi.
Sí, le atropellé, en aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, pero cuando miré por el espejo retrovisor, no vi nada.
Pero no pasa nada, porque aquello nunca ocurrió, y no es que no sucediera, no sé si me entendéis, es que desde que ocurrió, retrospectivamente dejó de ocurrir.
He atropellado a don Quijote de la Mancha, y desde ese mismo momento, ha dejado de existir, pero eso fue hace mucho... "era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura..."

1 comentario:

  1. me gusta, me gusta mucho. y es verdad, son muchas la veces que nos atropellamos, tal vez por sentirnos débiles, por ir un paso por delante de nosotros mismos. por dejadez, pero nuestro propios atropellos son unas de nuestras gran locuras.

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