Tenía
que ir al hospital.
El
dolor se iba haciendo más fuerte, más intenso, y apenas conseguía
respirar.
Era
consciente de las miradas de la gente, algunas asustadas, huyendo de
ese hombre que se tambaleaba de un lado a otro, tal vez borracho,
llevándose las manos al pecho con un gesto de dolor. Otras
dubitativas, sin saber si acercarse a ayudar, mirando aquel paso
vacilante, y vacilando a su vez, esperando que alguien tomase la
iniciativa, y alejándose sin hacer nada.
El
hospital estaba ya a pocos pasos, y no dudó en atravesar la entrada
de urgencias, sintiendo que el inmenso dolor del corazón se le hacía
insoportable, y a punto de aullar cuando por fin se encaró con la
ventanilla.
-
Por favor... -suplicó.
La
enfermera lo miró, seria, imperturbable, sin hacerle demasiado caso.
Todavía
estaba molesta por la trifulca que había mantenido poco antes con su
marido, y recordaba la forma en que le había asegurado que no
volvería a casa, que no lo soportaba más, que ya estaba harta de...
¿de qué? Ya ni siquiera recordaba qué era lo que había hecho para
molestarla tanto.
-
Por favor -repitió el hombre, casi llorando- Tienes que perdonarme,
no lo haré más.