Se
había acostumbrado a no gruñir cada vez que pasaba frente a un
escaparate, a pesar de que aquel perro siempre le estaba acechando
allí. También le esperaba cada vez que se inclinaba a beber agua en
algún charco, y sobre todo, y más nítidamente, en aquellos
extraños paneles brillantes que reproducían cualquier persona, u
objeto, y aunque el olor del otro can no le llegaba, su cerebro se
negaba a reconocerse a sí mismo, no era él, ni era otro perro, era
algo, otra cosa.
Y
sin embargo, ¡oh, sin embargo! No tenía la menor duda de que era
él, él mismo, no un reflejo, ni una imagen, sino su propia esencia,
cuando se veía reflejado en los ojos de su amo, en los ojos que le
daban su auténtica identidad, su única identidad.

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