
En un
lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho
tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga
antigua, rocín flaco y galgo corredor... no quiero acordarme, pero
no consigo olvidarlo, la triste figura triple de perro, caballo y
hombre, caminando cansinamente por la carretera, aparece una y otra
vez en mis noches de insomnio.
Cuando
los vi a lo lejos, lo primero que se me ocurrió fue que se trataba
de la muerte, ni más ni menos, ¿qué otra cosa podía ser aquella
trinidad esquelética que avanzaba hacia mí? El sol me daba en la
cara, y apenas distinguía rasgos distintivos, pero no disminuí la
marcha, puede que, por el contrario, incluso apretase un poco más el
acelerador, intentando llegar lo antes posible ante aquella macabra
aparición, y sobrepasarla.
El
aire parecía enfriarse a medida que me aproximaba al famélico
grupo, y el sol comenzó a enturbiarse entre nubes de aparición
repentina.
El
grupo se atravesó en la carretera, cerrándome el paso, mientras el
caballero apuntaba hacia mi su lanza, y las únicas opciones que me
quedaban eran detenerme, o acelerar todavía más y arrasar con
ellos, y aunque lo último era lo que me pedía mi propio miedo, mi
pie tomó su propia decisión y detuvo el automóvil a escasos dos
metros del agresor.
-
¡Alto ahí! -me increpó, con una voz potente que desmentía su
aparente debilidad- ¿Quién osa atravesar estos páramos?
Sería
gracioso si no fuera tan trágico.
El
perro, o más bien su casi desnuda osamenta, ladraba acompañando las
palabras de su amo, y solo el caballo permanecía quieto, con la
cabeza gacha, buscando inútilmente entre el asfalto alguna brizna de
hierba
Yo me
quedé callada, buscando una salida por donde escapar de tan absurda
encerrona.
-
¡Habla ya, o probarás mi lanza!
Yo no
podía decir nada, sentía la boca seca como el esparto, y el pie me
seguía temblando en el pedal, vacilando entre uno y otro, haciendo
rugir el motor del coche al acelerar mientras pisaba también el
embrague.
- ¡Tú
lo has querido!
Mis
atónitos ojos contemplaron la formación del grupo de ataque: el
caballero azuzaba al caballo para que embistiese, mientras apuntaba
con la lanza en mi dirección, y el flaco galgo trotaba
desaliñadamente al lado de su compañero.
¿Me
iba a despertar de un extraño sueño?
¿Aparecerían
por la carretera los sanitarios de algún manicomio, buscando al
paciente huido?
Nada
de eso, seguía despierta, y pude notar el golpe de la lanza contra
el coche, un golpe flojo, dado sin duda con todas las fuerzas del
caballero, que ahora no desmentía su endeblez, y acompañado de los
arañazos del galgo al ponerse de patas, intentando llegar hasta mi,
no sé si para morderme o para mendigar un trozo de pan que echarse a
los dientes.
El
caballo estuvo a punto de caer, y desde mi metálico encierro podía
ver cómo le temblaban las patas, haciendo oscilar a su jinete en un
basculante baile que los mantuvo durante varios segundos en el límite
entre la vertical y la horizontal, hasta que se recompusieron y me
miraron como si no comprendiese que todavía estuviese allí.
- ¿Qué
es esto?
Se
aprestaba a repetir el ataque, y pensé que, por muy flojo que fuera,
tampoco la chapa del coche aguantaría demasiados embistes, por lo
que levanté el pie del embrague y el automóvil saltó con más
agilidad que el equino, y de forma tan brusca que no conseguía
hacerme con él. Di un volantazo para esquivar al desnutrido can, que
emitió un alarido espantado, pero no pude evitar al caballero que de
nuevo se volcaba contra mi.
Sí,
le atropellé, en aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero
acordarme, pero cuando miré por el espejo retrovisor, no vi nada.
Pero
no pasa nada, porque aquello nunca ocurrió, y no es que no
sucediera, no sé si me entendéis, es que desde que ocurrió,
retrospectivamente dejó de ocurrir.
He
atropellado a don Quijote de la Mancha, y desde ese mismo momento, ha
dejado de existir, pero eso fue hace mucho... "era el mejor de
los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y
también de la locura..."