Seguía
aferrado al volante, a pesar de que las ruedas del coche ya no
estaban en el suelo, y mientras daba una, dos, tres vueltas de
campana, vio, como se supone que ocurre en esos casos, cómo su vida
entera pasaba ante sus ojos: un bebé gordito, aprendiendo a comer,
aprendiendo a caminar, aprendiendo a leer, a escribir, a estudiar, a
aprobar, a trabajar, a conducir... a trabajar más... sus manos
rellenando formularios, del 201 al 700b, sin ninguna persona que se
cruzase en su camino, sin amor, sin odio, sin siquiera
indiferencia... el coche chocó contra una valla, y detuvo su
incongruente carrera, tan incongruente como su vida, que se había
deslizado de forma lateral, sin sentido alguno.
-
¡Amigo! ¿Está bien?
Salió
por la ventanilla y observó el destrozado coche.
-
¿Amigo?
Sonreía,
feliz.
-
¿Se encuentra bien?
La
vida le daba una segunda oportunidad, y no iba a desperdiciarla.
-
¡Será mejor que llamemos a una ambulancia!
-
¡Señor!
-
¿A dónde va?
¿Qué
importaba?
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