Querido
Papá Noel:
Aunque
ya no soy una niña, todavía sueño con aquel día en que por
primera vez me senté sobre tus piernas, dispuesta a pedirte todos
los juguetes que durante semanas había estado viendo anunciados en
la tele, y que por nada del mundo quería dejar de recibir. Me había
portado bien, había sido buena con mi hermanito y con mis padres,
había estudiado mucho, e incluso me había comido la sopa sin
rechistar, todo para que tú me hicieras caso, para que no regatearas
a la hora de traerme ese tractor con paja de verdad que tanto
deseaba, y el coche de policía con sirena y luces, y no esas
insulsas muñecas que al parecer, por mi sexo, era lo único que
debía desear.
Desde
entonces todo cambió. Desde que sentí tu cálido aliento sobre mi
nuca mientras me preguntabas mi nombre, y el roce de tu blanca barba
sobre mi cara, mis deseos fueron otros, y tú eras el único que
podía cumplirlos.
Ahora
soy mayor, pero sigo deseando sentarme sobre tus rodillas, ya sin tu
traje rojo, que supongo que habrás dejado tirado en cualquier sitio,
y después de zamparte la cena que tenías en el microondas. En la
cama te espera, desnuda e impaciente:
La
sra. de Noel.
