domingo, 18 de noviembre de 2012

Otoño

El viento susurraba suavemente, y el árbol se mecía a su ritmo, en una danza sensual, desnudando poco a poco sus ramas, dejando caer una a una las prendas que lo cubrían, mostrando pedazos de su incipiente desnudez. Había llovido, y las hojas caían duramente, con peso, golpeando el suelo y permaneciendo quietas allí, pegadas, sin que la brisa consiguiera hacerlas bailar. Una nueva mirada a lo alto, a esas ramas que se movían ante sus ojos, y el cielo giró bruscamente, ¿qué ocurría? Una hoja, una de esas hojas libidinosas, caídas, pegajosas, una de esas hojas en las que había ido a pisar sin advertirlo, girando todo su cuerpo con brusquedad y dejándole tendido en el asfalto, con el cielo por todo espectador, observando mudo, el también mudo espectáculo, mientras la sangre, tan pegajosa como las hojas, tan pegajosa como el sucio suelo, comenzaba a manar de la cabeza tan duramente golpeada, mutando el dorado de las hojas en rojo vivo, en un bello paisaje que, pronto, quedó sin ningún ojo humano que lo pudiese contemplar.

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