La noche ha pasado, los muertos vuelven a sus tumbas, a esperar hasta el año que viene, y me imagino cómo rugirán las tripas vacías de todos los que no hayan podido conseguir un jugoso cerebro.
Hoy el día es de los vivos, los que han sobrevivido al ataque de los muertos vivientes, y que, como nulo intento de desagravio para próximos años, o tal vez como burla ante su derrota, acuden al cementerio y colocan flores sobre las tumbas, junto a las lápidas que se chivan del contenido de sus herméticas jaulas, anunciando los nombres de los tristes propietarios, que aspiran el olor de las flores, y suspiran por los blandos cerebros de los que los visitan.
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