Una
vez, en pleno medio día,
con
la cálida brisa del verano,
cabeceando,
medio adormecida,
dejé
volar las horas de mi mano.
Vi
correr a los osos polares,
buscando
su refugio en los salarios,
y
vi pensiones ejemplares
bailando
el triste baile funerario.
De
un golpe abrí los ojos,
y
con suave batir de alas
revoloteó
sin gran gala
una
gaviota inocente
que
gritó, aunque suavemente:
"Soy
la muerte, soy la muerte".
Entonces,
el pájaro de marfil
hizo
estremecer mis huesos,
y
le pregunté, sin seso:
¿por
qué hablas, gaviota?
Y
ella dijo: "eres idiota"
No
me gustó la respuesta,
pues
me creo inteligente;
intenté
ser diligente
y
asusté a la gaviota,
que
repitió nuevamente:
"Bonita,
tú eres idiota",
y
siguió tranquilamente
picoteando
en la arena,
mientras
yo, humildemente,
buscaba
algo coherente,
en
aquella cantilena.
¿Eres
demonio, fantasma, diosa?
Ella
me miró, risueña,
y
me mostró, halagüeña,
una
visión dolorosa:
hijos
y nietos en paro,
recortes
en sanidad,
un
futuro nada claro
para
toda la ciudad.
Y
pregunté, alarmada:
¿Eres
tú la diosa Isis?
Y
gritó, regocijada:
"Soy
la crisis, soy la crisis".
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