Ella
sonrió como respuesta, tal vez sonrojándose un poco, no tanto por
el encubierto ofrecimiento de su marido, sino por la culpa que sentía
por estar ocultándole algo, aunque fuera algo tan insignificante
como una compra que no sabía cómo utilizar.
Sí,
tenía que usarlo esa misma noche, la noche del sábado, la noche del
noveno día desde el que comprara el tremendo chollo, que descansaba
en el fondo de un cajón, aguardando el momento de ser utilizado.
Para
cenar, no se limitó a las pizzas, también preparó los filetes de
ternera con salsa de ostras, como a él le gustaban, aunque a ella no
le hacía demasiada gracia.
-
Cariño, está todo delicioso, ¿no bebes conmigo?
-
No, gracias, prefiero agua.
Él
se encogió de hombros, tomando otra copa de aquel maravilloso vino,
que le había costado bastante menos de lo que en realidad valía.
-
No he hecho postre, ¿quieres unos higos?
-
No te preocupes, está todo bien.
Sí,
estaba bien, pero ella sentía que los ojos se le llenaban de agua, y
tenía que mirar hacia otra parte mientras él se deslizaba en el
sofá, lentamente, con una flojedad tranquila que le hacía sonreír
beatificamente.
-
¿Qué te ocurre? -él conseguía apenas ver a su mujer, entre la
bruma del alcohol, pero incluso así era consciente de que estaba
llorando, y cuando le hizo la pregunta, ella le respondió con un
gemido- ¿por qué lloras?
-
Porque te quiero -la respuesta parecía un poco incongruente, y su
marido sonrió, o intentó hacerlo, porque la boca se limitó a
entreabrirse y dejar salir un hilillo de baba- y te prometí que
usaría todas las ofertas que comprase, antes de diez días.
Él
ya no contestaba, y ella siguió llorando mientras recogía los
restos de la cena, y lo tiraba todo al cubo de la basura, junto al
paquete vacío de matarratas que había tenido que vaciar en la
botella de vino, ¿cómo si no lo iba a utilizar, si en casa no
tenían ratas?
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