El sol quemaba, parecía llegar hasta la piel sin ningún tipo de filtro que lo suavizase, y los restos de asfalto se derretían bajo la suela de los zapatos. El hombre caminaba, solo, rodeado por edificios que encerraban en sus paredes los fantasmas de un ayer alegre, de unas risas satisfechas, de sueños y esperanzas dormidos a la espera de un futuro incierto. Los coches permanecían en sus sitios, inmóviles, perdida su identidad de "automóviles" en su intensa quietud.
Podría haber sido el último hombre de la tierra, el superviviente de una catástrofe nuclear, de un ataque convulsivo de zombis hambrientos, de un virus ofensivo que hubiese destruído toda vida humana y animal, pero no, solo era unb pobre estúpido que tenía que trabajar en agosto.

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