Como siempre que nos reuníamos, al principio nos observábamos con curiosidad, buscando los estragos del tiempo, ¿no parecía mucho más
vieja la tía Juanita? ¿Y el primo Paco, no cojeaba de la pierna
derecha? ¿y qué decir de Tomasa, que estaba más sorda que una
tapia, y más ciega que un topo?
-
Tomasa, ¿quieres un zumo?
-
No, cielo, no me molesta el humo, aunque no deberías fumar, y menos
en tu estado.
-
¿En mi estado?
El
primo Paco se encoge de hombros y se aleja de Tomasa, que no se da
cuenta y sigue hablando sobre lo malo que es fumar, y lo pequeños
que nacen los niños de las fumadoras.
La
lúgubre reunión se anima a medida que los vasos se van vaciando, y
cuando Javi va por el tercero, se le desata la lengua y comienza su
conocido repertorio de chistes, que todos reciben con risas educadas,
e incluso alguna carcajada nerviosa.
Yo,
por mi parte, no pierdo de vista a Carlos. Es el único más joven
que yo, aunque eso no quiere decir nada, porque yo soy muy cabezota,
y estoy dispuesta a ser la última en acudir a nuestro lugar de
encuentro, y a brindar sola mientras él permanece al otro lado del
cristal, mirándome sin verme, sonriendo con la eterna sonrisa que la
tanatoesteticista de turno le pinte en el frío rostro, y que no
conseguirá borrar la mueca de la derrota.
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