Había
sangre por todas partes.
Me
aparté a tiempo para evitar que mi joven compañero me vomitase
encima. Era casi un niño, y sentí pena por él, por aquel bautismo
sangriento que se veía obligado a soportar.
-
¿Qué nos dice el experto? - me preguntaron.
-
Que ha sido un asesinato -me burlé.
-
El forense -me dijeron- asegura que lleva muerto unas 24 horas.
El
cadáver desnudo yacía al final de la escalera, las piernas sobre
los últimos peldaños y el cuerpo en el suelo. Siguiendo el rastro
de sangre llegué hasta el dormitorio.
-
Evidentemente -afirmé- aquí empezó todo. Le debieron atacar
mientras dormía -señalé las manchas de sangre de la cama, así
como las sábanas caídas- Se fue arrastrando, se detuvo un momento
-volví a señalar el lugar donde la mancha se hacía más extensa- y
siguió hasta la escalera. Desde allí fue resbalando, hasta donde
está ahora.
-
¿Nos puedes decir algo sobre el asesino, o sobre el arma del crimen?
No
habían encontrado el arma homicida, pero tampoco tenía mucho
misterio.
-
Un cuchillo -aseguré- largo, la hoja de unos 20 cm., muy afilado,
tanto que no se necesitaría mucha fuerza para usarlo, por lo que el
asesino puede ser igualmente un hombre o una mujer.
-
Pues no nos dices gran cosa.
-
Lo siento.
En
ese momento regresaba el chaval, con la cara blanca y aguantando las
bromas de los compañeros.
-
Te has ensuciado los zapatos -me señaló, aguantando una nueva
arcada.
Me
miré, y en efecto vi en mi calzado unas manchas que empezaban a ser
marrones, pero solo un experto en sangre, como yo, podría saber que
esa sangre llevaba allí unas 24 horas.

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