La humanidad estaba condenada.
Una
vez más observé la urna en la que reposaban los restos del que
debía haber sido mi compañero, el Adán del "Proyecto
Génesis". Acaricié la cápsula con una mezcla de repulsión y
cariño, porque al fin y al cabo aquel sería el único ser humano
que vería nunca, excepto en las grabaciones, esas mismas grabaciones
que de forma subliminal se habían ido introduciendo en mi cerebro a
lo largo de los años, explicándome cómo la humanidad había
sucumbido a su propia soberbia, a su propia avaricia, y solo había
guardado la suficiente cordura para crear aquel último proyecto que
debía salvar a la humanidad: un hombre y una mujer, una nueva
pareja, limpia, libre de prejuicios, libre de maldad, una primera
pareja que volvería a repoblar la tierra, como ya se hizo una vez.
Suspiro,
resignada a ser la única mujer, la única persona que queda en este
mundo erosionado por la última guerra, y paseo por los largos
pasillos estériles que en ocasiones me devuelven mi propio reflejo,
el reflejo de la asesina, de la única responsable de que la
humanidad se extinga, ¿pero de verdad pensaban que podían extirpar
definitivamente la maldad del ser humano, acaso si él hubiera
despertado antes, no habría hecho lo mismo?
Nunca lo sabré.
Nadie
lo sabrá.
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