viernes, 8 de junio de 2012

MÁS ALLÁ DEL AM,OR


Llevaba un rato en casa, pero la falta de respuesta la hacía olvidar la pregunta, hasta que sus ojos admitieron que la luz parpadeaba, ¿alguien había dejado un mensaje en el contestador?
Con la sorpresa pintada en su rostro, se acercó al normalmente mudo aparato, y pulsó la tecla de lectura: "Hemos encontrado a Buffy, se encuentra bien, pero tiene que pasar a recogerlo en..." y ahí una dirección.
¿Buffy? Debía ser un perro, o un gato, pero ella nunca había tenido ni perro ni gato, por lo que se trataba de una equivocación.
Estaba a punto de borrar el mensaje, pero su mente retuvo a su dedo en medio de la operación. Sí, se habían equivocado, pero no lo sabían, y si no volvían a llamar, ¿qué pasaría con Buffy? ¿Y qué pasaría con sus dueños, que tal vez estuvieran histéricos buscando a su querida y perdida mascota?
¡Bah, qué tontería! Seguro que se darían cuenta de su error y llamarían al número que correspondía, y dueños y mascota se reunirían y serían felices, aunque aquella dirección le sonaba, no estaba demasiado lejos de su casa, ¿y si se pasaba para comprobarlo?
No, qué idiotez, aunque...
También tenía que reconocer, aunque eso le costaba más, que la sugerente voz del que debía ser el veterinario contribuía a su desazón, se había sentido inmediatamente atraída hacia aquella voz tan viril, hacia aquella fuerza que emanaba de las pocas palabras que había pronunciado, y quería conocer al hombre, al dueño de aquella voz que había removido sus entrañas resecas.
No lo pensó más, no tenía nada que hacer, ni nada que perder, y después de arreglarse meticulosamente para parecer que no lo había hecho, se dirigió a la dirección que el teléfono le había transmitido.
Era una calle secundaria, sin apenas tráfico, y un bajo pequeñito, con una puerta de cristal, estrechita, que abrió con mano temblorosa.
Y allí estaba él.
En cuanto entró, sus miradas se cruzaron, y ella supo que él sentía lo mismo, que se reconocían sin haberse visto nunca, que se deseaban sin haberse conocido, que se habían buscado a través del tiempo y del espacio, como si sus almas hubiesen transmigrado de un cuerpo a otro hasta, finalmente, encontrarse.
- ¿Sí?
- Soy yo, la dueña de Buffy.
Las palabras salieron de su boca a través de los siglos, y por primera vez se sintió completa, entera, cuando el perro se puso de patas sobre ella, cuando su lengua retiró los restos de maquillaje, y cuando aquellos ojos oscuros reconocieron que sí, que ella era su ama, la que siempre había buscado, a la que siempre había esperado.

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