Llevaba
un rato en casa, pero la falta de respuesta la hacía olvidar la
pregunta, hasta que sus ojos admitieron que la luz parpadeaba,
¿alguien había dejado un mensaje en el contestador?
Con
la sorpresa pintada en su rostro, se acercó al normalmente mudo
aparato, y pulsó la tecla de lectura: "Hemos encontrado a
Buffy, se encuentra bien, pero tiene que pasar a recogerlo en..."
y ahí una dirección.
¿Buffy?
Debía ser un perro, o un gato, pero ella nunca había tenido ni
perro ni gato, por lo que se trataba de una equivocación.
Estaba
a punto de borrar el mensaje, pero su mente retuvo a su dedo en medio
de la operación. Sí, se habían equivocado, pero no lo sabían, y
si no volvían a llamar, ¿qué pasaría con Buffy? ¿Y qué pasaría
con sus dueños, que tal vez estuvieran histéricos buscando a su
querida y perdida mascota?
¡Bah,
qué tontería! Seguro que se darían cuenta de su error y llamarían
al número que correspondía, y dueños y mascota se reunirían y
serían felices, aunque aquella dirección le sonaba, no estaba
demasiado lejos de su casa, ¿y si se pasaba para comprobarlo?
No,
qué idiotez, aunque...
También
tenía que reconocer, aunque eso le costaba más, que la sugerente
voz del que debía ser el veterinario contribuía a su desazón, se
había sentido inmediatamente atraída hacia aquella voz tan viril,
hacia aquella fuerza que emanaba de las pocas palabras que había
pronunciado, y quería conocer al hombre, al dueño de aquella voz
que había removido sus entrañas resecas.
No
lo pensó más, no tenía nada que hacer, ni nada que perder, y
después de arreglarse meticulosamente para parecer que no lo había
hecho, se dirigió a la dirección que el teléfono le había
transmitido.
Era
una calle secundaria, sin apenas tráfico, y un bajo pequeñito, con
una puerta de cristal, estrechita, que abrió con mano temblorosa.
Y
allí estaba él.
En
cuanto entró, sus miradas se cruzaron, y ella supo que él sentía
lo mismo, que se reconocían sin haberse visto nunca, que se deseaban
sin haberse conocido, que se habían buscado a través del tiempo y
del espacio, como si sus almas hubiesen transmigrado de un cuerpo a
otro hasta, finalmente, encontrarse.
-
¿Sí?
-
Soy yo, la dueña de Buffy.
Las
palabras salieron de su boca a través de los siglos, y por primera
vez se sintió completa, entera, cuando el perro se puso de patas
sobre ella, cuando su lengua retiró los restos de maquillaje, y
cuando aquellos ojos oscuros reconocieron que sí, que ella era su
ama, la que siempre había buscado, a la que siempre había esperado.
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