-
Una imagen vale más que mil palabras.
No
recuerdo a qué venía ese comentario, pero me volví hacia Paco,
nuestro guía y profesor en ese momento, y protesté:
-
No estoy de acuerdo.
Después
de mirarme, y a punto de defender su postura, pareció pensarlo mejor
y sonrió al contestar:
-
Vale, se lo concedo a la amante de las letras.
¿La
amante de las letras? ¿Esa soy yo?
Me
turbó el bienintencionado comentario, porque yo nunca he querido ser
"la otra", y hete aquí que parece que lo soy, la amante,
la ilegítima, aquella con la que las letras coquetean y buscan
cuando se aburren, pero a la que nunca llevarán de su mano en un
lugar público. Soy la amante, no la amada, y arrastraré mi
frustración hasta ese último momento en el que las letras, fría y
desapasionadamente, sean el epitafio final en la tumba de su
concubina.
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