viernes, 1 de junio de 2012

JUGUETES ROTOS


La cama sin hacer, los juguetes sin recoger... no es nada especial, es la lucha de todos los días, pero aquella mañana se encuentra especialmente irritada, consigo misma, y por consiguiente con su hijo, y el mal humor se dispara cuando encuentra, escondido debajo de la cama, otro juguete roto, uno de esos transformers tan caros que al chiquillo tanto le gustan, pero cuyos miembros luego retuerce hasta descuartizarlos, "se le va a caer el pelo", murmura, entre dientes, mientras recoge los restos de lo que fue un juguete, "hoy no hay parque al salir del cole, y que ni se le ocurra pedirme una chuche".
Barrer, fregar, cocinar... pasa toda la mañana atareada, como siempre, y todavía le dura el enfado cuando sale de casa para recoger al chiquillo.
- Hola, buenos días.
- Hola, ¿qué tal?
Su enfado se le cae a los pies cuando saluda a la mujer, a esa madre con la que se cruza a menudo, pero no porque vaya a recoger a su hijo al mismo colegio. Caminan un rato juntas, despacio, al ritmo de la silla de ruedas en donde se retuerce el cuerpo inmovilizado de aquel que nunca ha sido niño, del que nunca ha roto un juguete, del que apenas consigue esbozar un gesto, que su madre traduce como alegría, cuando a la puerta del colegio ve a otros niños salir corriendo, riendo o llorando, gritando hacia sus madres, algunos deteniéndose a saludarle, los más ignorándolo, o mirándole con miedo.
- ¡Hola, mami!
Abraza con fuerza a su hijo, con ganas de llorar ante la vitalidad del niño, y sin que el chiquillo le pida nada le lleva hacia el quiosco, ¿una chuche? No, le comprará un transformer nuevo, como el que ha roto, como el que ha encontrado escondido y descuartizado, como el que ese otro niño, que nunca ha sido niño, no podrá romper.

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