Intentó alejarse sigilosamente, pero era otoño, y las hojas secas que habían caído de los árboles delataron su presencia. Quiso huír, pero aquellos hombrecillos eran rápidos, y se encontró rodeado en pocos segundos, ¿qué querían? Le costaba entender aquella algarabía, pero mientras le empujaban hacia el cadáver, entendió que querían que la besara, ¿cómo podía hacer tal cosa? En cuanto levantaron la tapa le llegó el hedor de la muerte, y los hombrecillos seguían empujándole hacia el transparente ataúd, en el que temía que también le encerrasen a él...
Misericordiosamente, perdió el conocimiento.
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