La encina está cargada de bellotas, y además del fruto, el árbol ofrece una sombra en la que se refugia el poco aire fresco que circula por la montaña; un círculo imperfecto, oscuro, en el que nos refugiamos mientras observamos el nítido paisaje, oyendo allá abajo el relincho de un caballo, el ladrido de un perro, el grito de un niño. Mi perro corre alegremente, como siempre que le llevo al campo, pero se detiene como yo a la sombra de la encina, baja el morro hasta el suelo, lo pega a la tierra, y esnifa groseramente, luego me mira, con esos asombrosos y asombrados ojos castaños, se tumba y adelanta la pata hacia la ligera ondulación de la tierra, hacia esa zona un poco más hundida, y desde allí me vuelve a mirar, preguntando mudamente. "Sí, es aquí" le respondo con palabras, al tiempo que le abrazo y lloramos juntos, yo con agua en los ojos, él con lágrimas en el alma, y así estamos unos minutos, hasta que decidimos alejarnos del hermoso lugar donde descansan los restos de nuestra antigua amiga.
M.J.
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