Era una loba solitaria, desde siempre, nunca se había sentido a gusto en la manada, a pesar de que su naturaleza sociable la impelía a rodearse de los suyos, y finalmente estaba sola. Bebió agua del manantial, y le satisfizo la imagen que el arroyo la devolvía, aquel pelaje gris, lustroso, aquellos ojos castaños, rasgados, inteligentes, aquellos bigotes sensibles, retráctiles... sí, era un hermoso ejemplar, pero tenía hambre, llevaba un par de días sin tomar bocado, y el estómago comenzaba a molestarle cuando golpeó su fino olfato aquel inconfundible olor, olor a comida, olor a alimento, el olor de aquel peludo animalillo que, como ella, bajaba a saciar su sed: movía las patitas delanteras, estiraba el cuerpo, adelantaba luego las patas traseras, más largas, en un gracioso saltito que volvía a convertir su cuerpo en una suave pelota peluda, mientras las largas orejas se movían en todas direcciones.
La loba asumió de inmediato la posición de acecho, su cuerpo elástico se encogió hasta casi desaparecer entre la hierba, y sus ojos se entrecerraron para enfocar a su presa.
El gordo y suave conejo seguía moviéndose lentamente, paso a paso, hacia la orilla.
La loba seguía moviéndose lentamente, la cabeza gacha, paso a paso hacia la orilla, hacia su comida que cada vez estaba más cerca, más al alcance de sus fauces abiertas, del morro que se le encogía como un acordeón, mostrando los ansiosos colmillos.
Apenas un par de metros separaba a ambos animales, el olor se hacía irresistible, la boca comenzaba a gotearle, y el conejo se detuvo, asustado, todavía sin saber qué pasaba, pero notando que algo no iba bien. También la loba se detuvo, convertida en estatua, sabiendo que solo tenía que saltar para caer sobre aquel precioso peluche que ahora la estaba mirando, que alargaba sus bigotes hacia ella, olisqueando, el cuerpo tembloroso, ansioso, con tanto terror como admiración, tal vez deseando en lo más hondo que aquel hermoso depredador lo convirtiese en su cena, y la loba no podía hacerlo, relajó el cuerpo, se acercó hasta el límpido manantial, y bebió el mismo agua que bebía el conejo, los dos juntos, los dos pelajes confundidos, los dos olores entremezclados, los dos corazones latiendo a un mismo ritmo acelerado, confuso.
M.J.
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