lunes, 20 de julio de 2015

Miedos infantiles

Acabo de leer sobre una niña que, asustada por su padrastro, dormía con la puerta atrancada y un cuchillo bajo la almohada. Es un libro, y debería ser solo eso, pero no lo es, y se me hiela la sangre al imaginar lo que debe sentir una criatura en esas circunstancias, y como debe repercutir en su vida de adulta, ¿en quien creer, cuando los más cercanos a ti te fallan? ¿en quien confiar? Algo tan sencillo y natural, como dormir con la puerta abierta para asegurarte precisamente de que si pasa algo, tus padres te ayudarán enseguida, se convierte en el horror de que los monstruos estén dentro de casa. Y sé que no es solo literatura, no por los periódicos o noticias de la tele, sino porque lo he oído de primera oreja, porque quien lo ha sufrido me lo ha contado, me lo ha confesado casi con lágrimas en los ojos, todavía el miedo de la niña asomando por la mirada de la mujer, y la impotencia de no poder hacer nada, de no haber podido hacer nada, excepto abrazar a esa niña perdida.

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