Bueno, ya lo sabíais, claro, pero aunque parezca tonto, o yo parezca tonta, solo ahora me doy perfecta cuenta de que ese es mi nombre, ahora que ya he olvidado el otro, que en realidad nunca he tenido otro.
Al principio no sabía lo que significaba, y recuerdo cuando me llevaron a aquel sitio, tan lleno de perros, que estaban bien, con comida y agua, y paseos diarios, pero a los que les faltaba algo: su propio humano, porque aunque compartían el grupo de humanos que les atendían, y que también me atendieron a mi, no es lo mismo que pertenercer a alguien, y que alguien te pertenezca, y cuando escuché una vez más esa palabra, "Salma", una y otra vez, tardé en salir del refugio en el que me metía, todavía dolorida por la amputación de mi pata, y más dolorida por el abandono de mis anteriores humanos (borro lo de mis, porque no lo eran, nunca lo fueron, solo me utilizaron). Habían salido ya todas mis compañeras, y yo fuí la última, amedrentada, y no me animé demasiado cuando me sacaron a pasear, con esos otros humanos y el perro, que no paraba de echárseme encima, porque yo estaba en celo, y le tuve que gruñir varias veces. Ahora me da un poco de vergüenza pensar en mi comportamiento, y un poco de miedo retrospectivo, porque no fui muy cariñosa ni simpática, y no me sorprendió que me devolvieran a la jaula y se marchasen... ¡que alegría cuando días después regresaron y, entonces sí, me llevaron con ellos! Y hasta ahora.
Ojalá todos los conocidos, pues no llegaron a ser amigos, que dejé allí, tengan tan buena suerte como yo.
Ojalá tuvieran que cerrar aquel refugio, porque ya no hubiesen más perros abandonados.
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