
El aullido le puso los pelos de punta, y aunque todavía se sentía débil por la gripe, se levantó de la cama y se asomó a la puerta. Al principio no vio nada fuera de lugar, el mismo paisaje de siempre, pero pronto vislumbró la roja mancha en movimiento, ¿habría sido capaz? Poco a poco la mancha fue tomando forma, y la raída paceruza roja de su nieta llegaba hacia ella, cojida del rabo del lobo, que casi la arrastraba hasta la cabaña. La abuela estaba fuera de sí, ¡cómo aquella mala madre había enviado a la pequeña, sola por el bosque! Seguro que estaría tirada en un sofá, o en el suelo, con la botella vacía al lado. Si no la hubiera encontrado el lobo, y la hubiera llevado hasta allí, se habría perdido o hubiera caído en las garras de cualquier desaprensivo.
-¡Abuelita!
Niña, abuela y lobo se abrazaron, besaron y lamieron, y la abuela decidió que nunca más llevaría a la pequeña con su madre, si se podía llamar madre a quien trataba así a su propia hija.
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