- Vamos a hablar de hombre a hombre.
El niño cogía la mano de su abuelo, y le llevaba hacia aquel rincón reservado, al lado del lago, donde se sentaban a la luz de la luna llena, que se reflejaba en sus quietas aguas.
- ¿Es otra luna, abuelo?
- No, es solo su reflejo.
Y cuando el niño tocaba el agua, la falsa luna se distorsionaba, se deshacía, se convertía en un fantasma de si misma.
Han pasado los años, y el niño ya es un hombre. Ahora mira a su abuelo, hundido en el fondo del sofá, la mirada perdida, vacía, tan solo un reflejo de aquel que ya no es, y tiene miedo de tocarle.
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