Los
gritos de tu dolor llegan hasta oídos sordos:
tu
hijo ya no te escucha.
Tus
ojos, ciegos a cualquier esperanza,
son
lágrimas desnudas.
Tal
vez esa mano muerta, a tus pies,
intente
consolar tu inconsolable llanto,
o
solo quiera agarrar esa vida que se escapa,
ese
dolor que desaparece,
consumido
en si mismo.
El
cuerpo retorcido de una yegua
es
el dolor de la inocencia.
es
el dolor de la injusticia,
es
el dolor del dolor mismo.
Esa
única luz, entre tanta oscuridad,
¿es
promesa, confianza, o tan solo es necedad?
El
pájaro negro extiende sus alas,
hace
un guiño amargo a esa fantasía,
cubre
de sal el brote más tierno,
ríe
con tu desconsuelo,
ríe
con tu suplicio,
ríe
con tu angustia, con tu congoja, con tu tormento,
tu
mal le alimenta, y tu pesar le da nuevas alas,
nuevas
alas que extiende sobre tu cuerpo ya muerto,
sobre
tu muerta esperanza.

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