miércoles, 9 de enero de 2013

Miro el reloj, solo por confirmarlo: las 5 de la madrugada. No era necesaria la consulta, el techo, sobre mi, retumba con el ágil taconeo, al que acompañan los acostumbrados sonidos: el abrir y cerrar de puertas y ventanas, el gorgoteo del agua hirviendo, y el ruido de la cisterna, sonidos todos que me dicen la hora mejor que el propio reloj, y yo, también como siempre, me tapo la cabeza con la sábana, ocultando mi miedo para que nadie más pueda verlo, porque vivo en el último piso, y sobre mi, no hay nadie.

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