Saltó
de la cama y corrió desesperadamente.
El
oscuro pasillo parecía más largo que nunca, palpaba la pared
buscando la abertura de la puerta y sentía el frío del suelo
atravesando sus pies descalzos, y cuando notó que su mano tropezaba
con el marco hizo un barrido en vertical hasta encontrar el
conmutador de la luz, que le deslumbró bruscamente y le hizo perder
unos preciosos segundos antes de colocarse frente a la taza del váter
y vaciar su cargada vejiga, ¡había dado resultado, las ganas de
orinar le habían obligado a despertarse!
Como
nadie le veía, no se detuvo en lavarse las manos ni en tirar de la
cadena, y ahora ya sigilosamente se fue deslizando hacia el comedor,
buscó entre la oscuridad la más oscura silueta del árbol, y puso
mala cara al ver que su tronco seguía desnudo de regalos, ¿todavía
no había llegado papá Noel? Bien, pues le esperaría despierto,
¡ese año lo iba a conseguir!
Se
acurrucó sobre el sofá, y solo entonces se percató de los extraños
sonidos que escuchaba, ¿serpientes arrastrándose, un animal
jadeando...? El ruido llegaba del dormitorio de su madre, y a pesar
del temor, decidió investigar lo que pasaba.
Volvió
a caminar descalzo, arrastrando miedosamente los pies, pero ya
acostumbrado a la oscuridad no tardó en abrir sigilosamente la
puerta del dormitorio materno, ¿y qué hacía allí Papá Noel?
¡Claro, le iba a traer el único regalo que había pedido, un
hermanito!
-
¿Mi hermanito será negro como yo? -le preguntó más tarde a su
madre, cuando los dos estuvieron solos.
-
No, cariño -su madre le acarició los rizados cabellos, riendo- si
quieres que tu hermanito sea como tú, tendremos que esperar a los
reyes magos.
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