Cuando el deseo se acaba, ¿alguien sabe donde va?
La melancolía toma su lugar, nos acercamos al anterior objeto de nuestro deseo, intentamos renovar aquellos movimientos viscerales que, más que a la cama, nos conducían al cuarto de baño, y buceamos en nuestro interior queriendo recobrar aquellas mariposas que nos agitaban por dentro, pero todo es inútil, el deseo ha caducado, como un yogur olvidado en la nevera, como todo lo que podía ser y no fue, y nuestros ojos, ya sin la venda, no consiguen ver la silueta del príncipe azul, cubierta bárbaramente por el basto escudero que ocupa su lugar. Nuestro cuerpo no tiembla al sentir su proximidad. Y, sin embargo... ¡ah, sin embargo!
El enemigo del escritor no es la piratería: es el anonimato (Tim O´reilly).
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