martes, 30 de agosto de 2011

Historia de una lipotimia


Ya me sentía mal en casa, me dolían los huesos, estaba mareada y tenía mucho frío, a pesar de estar a más de treinta grados, pero como era el primer día que tenía a mi amiga de vuelta de vacaciones, me animé a salir, pensando que entre su compañía y el aire de la calle me pondría mejor.
Fuimos a un centro comercial, y seguía sintiéndome mal, por lo que al final, creo, le dije que nos fuésemos a casa, y ante mi sorpresa, ella se teletransportó: estábamos dentro de la tienda, y al momento siguiente estábamos a varios metros, ella dándome golpecitos en la cara, y yo tumbada en un banco.
¡Cielos, qué mal me sentía!
Llegaron los del samu, y me tomaron la tensión, tan bajita como yo; me pincharon en un dedo, y no me salía sangre, me volvieron a pinchar, y apretando mucho consiguieron una gotita, y yo recordé que los cadáveres no sangran, ¿estaba muerta?
- ¿Me oís hablar?
No me contestaron.
- ¿Estoy hablando?
Nada.
Y la cosa fue a más, me arrastraron por todo el centro comercial en una silla de ruedas, ¡qué vergüenza! y yo seguía sin saber si hablaba en voz alta o solo pensaba las cosas, porque no me respondían, ¿me había muerto, y todavía seguía atada a mi cuerpo físico?
Entramos en el ascensor, y aunque no era ni mucho menos la primera vez que lo hacía, sí que fue la primera vez con esa distinta perspectiva, con lo que descubrí que no solo las paredes, sino también el techo, eran de espejo.
- ¡Qué erótico es esto!
- Pues sí -¡vaya, por fin había hablado en voz alta, no estaba muerta!- si queréis paro el ascensor y hacemos un trío.
Y lo cierto es que era guapo el chaval, ¿por qué no me habría hecho el boca a boca? Cuando levanté un poco la cabeza lo comprendí, aunque volví a dudar de que estuviese viva.
- ¡Menudo careto, esa no soy yo!
Me metieron en la ambulancia, pero el chico guapo se puso al volante, con mi amiga a su lado, y a mi me dejaron con el más feo, ¡qué injusticia!
Pusieron la sirena, y pensé que si todavía no estaba muerta, debía estar grave para que tuvieran tanta prisa, pero cuando finalmente llegamos al hospital, y después de separarme de mi guapo sanitario, me volvieron a colocar en una silla de ruedas, y me aparcaron durante horas, con lo que de puro aburrimiento mi forma astral fue regresando a mi cuerpo físico, dejó de ser un ente sin forma definida, ni color, y tuvo que recordar que como entidad material le urgían ciertas necesidades, y con las piernas todavía temblorosas después de haber vagabundeado por el éter, tuve que dirigir mi estremecida carne hasta el maloliente cuarto de baño, jugando a la "marcha atrás" para introducir solo un chorrito en el bote de muestras, y seguir esperando un par de horas más en otra plaza de aparcamiento hasta que me dieron el visto bueno para regresar a casa.
- Cuando te vuelva a pasar -se despidió el médico- vuelves.
M.J.

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