miércoles, 16 de abril de 2014

El pequeño cuento

El pequeño cuento soportaba las burlas del pretencioso libro, porque todo lo que aquel decía era cierto: tenía las gruesas hojas gastadas de tan leídas, lucía una mancha de chorizo en una de sus páginas, le faltaba un trozo de la contraportada, y a sus dibujos originales habían añadido expresionistas garabatos que solo la mayor imaginación podía interpretar, pero él era feliz así, tan feliz, que no se molestó cuando el libro, después de tanto tiempo descansando en el alto estante, le hacía una mueca burlona al ser agarrado por una mano masculina, adulta y limpia, que sin duda no mancharía sus impecables páginas; no sentía envidia. Tampoco se alegró cuando, desde las manos llenas de chocolate del niño, pudo observar como el libro era depositado bajo la pata de la mesa que cojeaba; no se alegró, pero el chocolate que chorreaba por su lomo le supo muy dulce.

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