lunes, 26 de agosto de 2013

Primer adiós.

Como una amante desdeñada, Valencia se engalana para que sepa lo que estoy rechazando. Mis ojos la ven de otra manera desde que mi cerebro piensa en abandonarla. Mi corazón añora lo que todavía poseo. Paseo por sus calles, por sus parques, y me despido con lágrimas de sangre. ¿Quién me iba a decir que un día dejaría estos lares? Yo, que sentía horror por cambiar de barrio, por dejar la casa que me había visto crecer, e iniciar una nueva vida ¡a un par de kilómetros de distancia! Y ahora el futuro se me presenta frío y lluvioso, ¡a mil kilómetros de todo lo que he vivido hasta ahora! Atrás quedará esta luz maravillosa que solo aquí se presenta, esos cuadros vivos de Sorolla que alimentan el espítitu más reacio a la alegría, y los gritos de las gaviotas serán mi nueva compañía, siempre cerca del mar que, como último consuelo, acompañará mo mueva vida, ¡que no me quiten eso, que nadie me aleje del murmullo de las olas, del olor salado como lágrimas no vertidas, de los azules que se unen en el inalcanzable horizonte!

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