domingo, 6 de noviembre de 2011

NOCHEBUENA

- Venga, tío, enrollate, que es nochebuena.
- Lo siento, pero yo no soy papá Noel.
El chico le miraba, con su mejor cara de niño bueno, pero el revisor no estaba dispuesto a dejarse convencer.
- ¿Y qué tengo que hacer entonces?
- Ahí tienes las normas -señaló el pequeño letrero situado a su derecha- si pagas ahora mismo, tienes que darme diez euros.
- ¡Como te pasas!
Los que ocupaban las sillas adyacentes comenzaban a mirarlos, en parte divertidos por la conversación, pero murmurando entre ellos y tomando partido por uno u otro bando, y los guardias de seguridad llegaban también para apoyar a su compañero.
- Puedes pagar ahora, o hacer un pago aplazado, pero entonces serán cincuenta euros.
- ¡Cincuenta! -el muchacho comenzaba a buscar en los bolsillos, y finalmente sacaba la cartera y comenzaba a contar el dinero que llevaba- solo tengo ocho cincuenta.
- Pues lo siento, tendrás que dejarme tus datos y tienes un par de días para pagar en alguna taquilla.
- ¡Pero si no llega ni a dos euros, por favor!
La discusión continuaba, la gente entraba y salía en las distintas paradas, cargados con sus bolsas de regalos y haciendo un extraño vacío alrededor del polizón, que optó por pedir el dinero que le faltaba a los dos chavales que tenía a su izquierda.
- Lo siento -contestó uno de ellos- no llevo dinero.
- No, si es que no tienen por qué darle dinero si no le conocen -protestó el guardia de seguridad, que también tenía ganas de terminar la jornada y comer el pavo asado que sin duda estaría cocinando en ese momento su esposa.
- Toma.
La mujer que ocupaba un asiento cercano le tendió la mano con el dinero que le faltaba, lo que hizo enfadar más al guardia de seguridad.
- ¿Usted le conoce?
- Sí, le conozco -mintió con desfachatez.
- Muchas gracias -el muchacho cogió el dinero y se lo pasó al revisor, mientras el guardia de seguridad seguía protestando del altruista gesto de la mujer.
- Hay que ser solidarios -protestó también ella- sobre todo en estas fechas.
Revisores y guardias de seguridad bajaron en la siguiente parada, y el muchacho se levantó para agradecer nuevamente el gesto de su benefactora.
- De verdad, muchas gracias, no sabe cuanto se lo agradezco.
- No pasa nada.
Dos paradas más tarde la mujer bajó del tranvía, y el chico también lo hizo.
- ¿Quiere que le ayude con las bolsas, para agradecérselo?
- No, tranquilo, voy bien.
- De verdad, va muy cargada, no me importa ayudarla.
Caminaba al mismo paso, y la mujer comenzó a acelerar el suyo, y no solo por el frío que hacía en la calle.
- Deme las bolsas, por favor, y de paso la cartera.
En el oscuro callejón brillaba la hoja recién sacada de alguna parte, y la mujer por contra palideció.
- Pero...
- Usted misma lo ha dicho, hay que ser solidarios, y más en estas fechas.

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